EL SALVADOR REFORMA SU CONSTITUCIÓN: ¿Y AHORA QUÉ?

EL SALVADOR REFORMA SU CONSTITUCIÓN: ¿Y AHORA QUÉ?

Ya no es una propuesta. Ya no es una posibilidad. El cambio constitucional en El Salvador es un hecho consumado. Y como toda transformación de esta magnitud, merece más que titulares: merece vigilancia, análisis crítico y una ciudadanía despierta.

No se cambia una Constitución todos los días. No es un trámite. No es rutina. Es un acto solemne, de profundas consecuencias. Es reescribir las reglas del poder, del derecho y de la convivencia. Por eso, cada vez que en cualquier país se modifica su carta fundamental, la historia termina haciéndose una misma pregunta: ¿quién ganó con este cambio… y quién perdió?

En El Salvador, el momento exige una reflexión profunda y urgente.

¿Fue la voz del pueblo la que impulsó esta reforma, o la voluntad de unos pocos?

¿Se amplificaron derechos o se blindó el poder?

¿Se pensó en las próximas generaciones o en los próximos ciclos electorales?

La experiencia mundial enseña que muchas reformas constitucionales —cuando nacen desde el poder y no desde el consenso nacional— terminan concentrando más autoridad en menos manos. A veces, bajo el disfraz de estabilidad o modernización, se esconde el peligro del caudillismo, del autoritarismo vestido de legalidad, del eterno retorno de los poderosos.

Y no se trata de alarmismo. Se trata de memoria.

Venezuela, Nicaragua, Rusia… son ejemplos claros de cómo las constituciones pueden dejar de proteger al pueblo para convertirse en herramientas de control. Todo empieza así: un cambio aprobado con mayoría, legitimado por la popularidad del momento… y años después, una democracia debilitada, una oposición silenciada y un pueblo arrepentido.

Hoy, El Salvador necesita más que nunca una ciudadanía crítica.

No basta con indignarse en redes. No basta con resignarse en silencio.

Este es el momento de ejercer un nuevo tipo de patriotismo: el que vigila, el que exige cuentas, el que no confunde aplausos con verdad ni fuerza con justicia.

La reforma ya se hizo.

Pero la historia no está escrita. La historia empieza ahora.

Todo dependerá de si dejamos que el poder se adueñe del futuro o si lo construimos colectivamente, con voz firme, con organización y con dignidad.

Que nadie se desenfoque. Que nadie baje la guardia.

El verdadero poder del pueblo no está en las urnas cada cinco años. Está en su capacidad de decir “basta”, “yo exijo”, “yo participo”, todos los días.

Hoy más que nunca, estemos atentos. Porque si no cuidamos la democracia cuando aún es posible, mañana podría ser demasiado tarde.

Leave a Reply

Your email address will not be published.

error: Content is protected !!