Más de un centenar de organizaciones humanitarias han lanzado una advertencia devastadora: una hambruna masiva ya está arrasando la Franja de Gaza. Tras más de 21 meses de guerra, el enclave palestino vive no solo bajo bombardeos, sino bajo un bloqueo que mata en silencio.
Entre los organismos que denuncian esta emergencia están Médicos Sin Fronteras, Oxfam, Amnistía Internacional, Caritas y Médicos del Mundo. Todas coinciden en un mensaje urgente: la población se está consumiendo sin acceso a comida, agua ni medicinas, mientras toneladas de ayuda permanecen almacenadas sin posibilidad de ser distribuidas.
Las ONG exigen un alto al fuego inmediato, la apertura de todos los pasos terrestres y la libre circulación de asistencia humanitaria. Según el Alto Comisionado de Derechos Humanos de la ONU, desde finales de mayo más de 1,000 personas han muerto tratando de conseguir ayuda, la mayoría cerca de los centros de la Fundación Humanitaria de Gaza (GHF), una entidad apoyada por EE.UU. e Israel.
Israel sostiene que permite el ingreso de suministros, pero las restricciones logísticas impiden una distribución eficaz. Al mismo tiempo, acusa a Hamas de robar los víveres para revenderlos a precios abusivos o usarlos con fines bélicos. GHF, por su parte, también culpa a Hamas por la crisis, originada tras el ataque del 7 de octubre de 2023 en suelo israelí.
Sin embargo, las cifras revelan otra verdad: más de 59,000 personas han muerto en Gaza, en su mayoría civiles, según el Ministerio de Salud gazatí. Esta misma semana, un hospital informó que 21 niños fallecieron por desnutrición en apenas tres días.
Mientras tanto, la comunidad internacional —salvo contadas excepciones— guarda silencio. Gaza no solo está sitiada: está siendo asfixiada por la indiferencia.

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